Mi nombre es Mary Dierking. (Foto: Helen Rozeluk con Mary Dierking
en Roma 1999) Vivo en Ponca, Nebraska. Fui criada en una granja. Todavía
me dedico a un jardín verdaderamente grande y a veinticuatro árboles
de manzana en mis extensiones de acres. En 1962, dos días después
de mi boda, lastimé mi espalda en un accidente automovilístico.
De ahí en más hube tenido que sobrellevar increíbles
problemas de espalda. En los primeros cinco años tuve que usar unos
sostenes dorsales completos y en todo ese tiempo sufría un dolor
agobiante y constante en la zona inferior de mi espalda. Sentía
como que estaba siendo azotada por un mazo de hierro. Desde ese entonces
he estado también muy propensa a los accidentes. A lo largo de los
años he sufrido separación de los cóndilos articulares
en ambos hombros, cirugía para reparar uno de ellos, costillas rotas,
pulgares rotos en el pie, desgarro de ligamentos en ambas rodillas y tobillos
(en dos ocasiones por separado) y otras lesiones que ya no puedo recordar.
Tres veces estuve en una silla de ruedas por varios meses. El dolor de
espalda resultante con frecuencia me dejaba postrada en el suelo. Fue solo
después de varias sesiones de tratamientos quiroprácticos
que las cosas comenzaron a medianamente estabilizarse. Luego me caía
o tropezaba de nuevo y mi cuello y espalda perdían balance una vez
más. Así, tenía que comenzar los tratamientos todo
de vuelta, desde el principio.
Estas numerosas lesiones en la espalda resultaron
luego en artritis en mi cuello y espalda. No importaba donde fuera o cuan
tibio estuviera el ambiente, si había alguna brisa en algún
lado, tenía que usar una bufanda alrededor de mi cuello y
mi cabeza. En el verano cuando la temperatura alcanza los 80 grados F.
(25 grados Celsios), se pensaría que la artritis no debiera molestar,
pero aún a los 80 grados, la más mínima briza me causaba
un dolor terrible. Tenía que usar la bufanda alrededor de mi cuello
y un suéter en cualquier sala con aire acondicionado. Un día
caluroso de verano tuve que abandonar el jardín y
entrar a la casa porque la suave brisa me producía un dolor
insoportable.
La primera lesión severa en mi tobillo y rodilla fue por 1974. Esto me dejó en silla de ruedas por dos meses. Más tarde tuve un desgarro en el tobillo y la rodilla de la otra pierna, resultando en una complicación en la cadera. También, una vaca pisó y se apoyó sobre mi pie izquierdo. Esto causó que un enorme, atroz, y doloroso coágulo sanguíneo se formara. La presión fue tan severa que el empeine de mi pie llegó a infectarse por falta de circulación y entonces los tejidos blandos empezaron a descomponerse en profundidad hasta el hueso. Esta fue la peor lesión que alguna vez hube tenido: era una pesadilla viviente. Finalmente, luego de cuatro meses en silla de ruedas y tres meses con muletas, mi pie se las arregló para curarse. Aún así, se puso muy sensible a las más mínimas presiones. Ni siquiera el pie descalzo de un bebé podía pararse en el mío sin causar un severo dolor.
Un día hace tres años atrás me detuve en una estación de servicio. En la entrada del edificio yacía una lámina de madera terciada. Como pisé sobre ella, cedió, se agujereó, y caí en un pozo (no señalizado) dejado por unos constructores. Por suerte para mi, solo rompí tres dedos de los pies, pero era en el pie enfermo que la vaca había lastimado. Estuve de vuelta en silla de ruedas por seis semanas, viviendo la misma pesadilla de vuelta. Luego, dos años atrás, caí de nuevo.......y rompí algunas costillas.
Ligamentos desgarrados en mi pie derecho requirieron una triple ortodesis (sic.),que se trata de una cirugía para reparar el tobillo que estaba saliéndose de su fosa (ubicación normal). La cirugía ayudó por algún tiempo, pero ahora las cosas están empeorando otra vez. Mi exceso de peso no está ayudando. El tobillo se está desplazando, lo cual causa juanetes y callos en mi pie. Debido a todas mis lesiones, los únicos calzados que darán a mis tobillos el apoyo necesario son botas de trabajo para hombres, de caño largo. Todos estos perjuicios a mi espalda y pies han convertido también hasta al hecho de caminar, una tarea difícil y dolorosa.
A comienzos de 1999, mi amiga Dr. Peggy McGinty (vea.... the Rest of the Story) me invitó a unirme a los Trabajadores de Nuestra Señora – Canadá en su peregrinación a Roma y Garabandal. El grupo iba a participar en la ceremonia de beatificación del Padre Pío de Pietrelcina, el 2 de mayo en la Plaza de San Pedro. Me entusiasmé en la posibilidad de ir pero decidí que la única manera en que posiblemente lo haría, era si Dios me ayudaba y fuera El mis pies, mi sostén, para que yo pudiera caminar por Roma. No pedí por la curación de mis pies ni mis tobillos. Solo pedí por lo otro.
Peggy y yo volamos a Toronto el día antes
de la partida. Ibamos a pasar la noche en lo de los Rozeluks. El vuelo
de tres horas a Toronto fue insoportable por el dolor. Mi espalda estaba
martillándome terriblemente. Helen Rozeluk nos esperó en
el aeropuerto y nos condujo en auto hasta su casa. La travesía
en auto de media hora fue fatal. Apenas podía aguantar el dolor
en mi espalda. Al momento de llegar a la casa de los Rozeluk, apenas podía
caminar. El dolor punzante en mi espalda era
terrible.
Helen y Michael Rozeluk estaban muy preocupados por
mí. Apenas pude subir las escaleras de su casa. ¿Cómo
posiblemente podría ser yo capaz de caminar por las colinas de Roma,
o por las empinadas cuestas de Garabandal? Helen y Michael decidieron
entonces rezar por mi allí, con las medallas que tienen los besos
de Nuestra Señora en ellas. Sabía que esas primeras oraciones
me ayudaron un montón, porque cuando subí esas escaleras
otra vez para ir a mi dormitorio, apenas podía
creer lo maravillosas que sentía mis rodillas que normalmente
estaban tiesas y dolorosas.
Al día siguiente estabamos en camino. Desde Toronto volamos a Montreal, donde cambiamos a un vuelo intercontinental a Madrid, luego a Roma. La espera en Montreal fue francamente larga, así que nuestro grupo se reunió en un lugar y rezó el rosario de La Divina Misericordia. Durante la oración, el Dr. Michael se sentó a mi lado, sacó su medalla besada por Nuestra Señora en Garabandal, y la colocó en mi espalda. La medalla se sentía bastante tibia en mi espalda. “¿Qué clase de calefactor tiene Ud. en esa cosa?” pregunté.
El vuelo a través del océano no fue
simplemente indoloro, oh, ¡fue espectacular!¡ Mi espalda se
sentía de maravillas! En Roma, el grupo entero, más
tarde a la noche, oraba por mi otra vez cuando nos reunimos para el Rosario.
A medida que rezaban, súbitamente caí al piso. Debí
haber estado tendida por bastante tiempo. Más tarde, cuando estabamos
preparandonos para dormir, quise bajar al hall para tomar una ducha.
Peggy dijo, “Porqué no te quitas las botas? Estoy segura que Dios
tomó también cuidado de tus tobillos.” Así, desaté
las botas de construcción y cuidadosamente puse los pies
en el piso......y bajé caminando al hall hacia las duchas......y
de vuelta.......en mis propios pies descalzos!
A lo largo de toda la peregrinación, no solamente
fui capaz de ponerme a tono con el resto del grupo durante las caminatas
turísticas, sino también pude perfectamente abrirme paso
en medio del trafico de Roma, sin ningún problema, en absoluto,
subiendo, descendiendo las muchas escaleras y colinas, inclusive escalando
las montañas en Garabandal. Actualmente, a finales de Agosto de
2000, a mi cuello y espalda los siento de maravillas. La brisa ya no me
molesta. Ya no necesito más las bufandas
alrededor de mi cuello. Los aires acondicionados o ventiladores pueden
estar soplando y soplando sobre mí, y estoy perfectamente.
Mis hombros ya no me duelen. Puedo ahora dedicarme a la jardinería
totalmente libre de dolor. El jardín (huerta) es muy importante
para mi, porque lo que Dios me da “extra” en mi jardín, me gusta
compartirlo con los necesitados en el comedor social de mi localidad.
Desde esta sanación, no he necesitado visitar a mi quiropracta ni siquiera una vez, y he tropezado y caído varias veces desde aquella peregrinación. Sólo mis tobillos y pies todavía me dan problemas, pero en ese entonces yo no había pedido que se curaran. Sólo había pedido que Dios fuera mis pies, mi sostén durante la peregrinación. Y lo fue! He agradecido a Dios muchas, muchas veces por la curación que recibí. ¡Glorias y Alabanzas a El por siempre!
Traducido por: Dr. Walter dos Santos Antola, Paraguay.
