Fernando Imbernón: curó y lloré de felicidad.

Sentí una presencia que me despertó y noté como si un rayo de luz recorriese la zona enferma, sintiendo una felicidad espiritual inmensa.
Desde este momento quedé curado.


Por el Beso que he dado aquí mi Hijo hará prodigios

Silla, Valencia, 22 de septiembre de 1996.

¡Ave María Purísima!

Me llamo Fernando Imbernón Tudela; nací en San Javier o mejor dicho, Los Alcázares, entonces del municipio de San Javier, Murcia, el día 2 de enero de 1936.

En el verano de 1974, estando yo en Gijón por cuestiones laborales, ya que era Inspector de Ventas de una empresa valenciana, un fin de semana me trasladé a la playa con el pensamiento de bañarme y tomar el sol.

Entré en un antiguo balneario en el que dejé la ropa y me puse el bañador; antes de salir, me duché para reducir el calor y habituarme a la frialdad del agua; a continuación salí para bajar las escaleras de mármol del balneario para dirigirme a la playa.

Al bajar las altas y amplias escaleras di un gran resbalón y salí despedido por los aires cayendo a plomo sobre las propias escaleras con mis noventa o más kilos de peso; me quedé muy dolido por toda la espalda y, sobre todo, por mi costado derecho en la zona renal.

Aunque no me rompí ningún hueso ya que tengo un esqueleto muy fuerte pues he sido y soy deportista habiendo practicado el tenis, pesca submarina, fútbol, balonmano, además de haber tomado mucha leche, calcio inyectado y otros complejos vitamínicos durante mis siete años de trabajos ininterrumpidos en Santa Isabel de Fernando Poo, Guinea Española, hoy Guinea Ecuatorial.

Interiormente sentí que algo no había ido bien, no obstante me metí en el agua que por su frialdad en el Cantábrico me alivió mucho el dolor y, tras estar unos diez o quince minutos en ella, me tumbé en la arena que también estaba fría.

Me vestí y me dirigí al Hotel Robledo, que es donde siempre me hospedaba cuando iba a esa Plaza; me volví a duchar y me di masajes de alcohol por toda la zona dolida, pues siempre llevo en mis viajes alcohol de 96 que mezclo con un 25% de colonia que uso como masaje facial para después del afeitado.

No fui a ningún médico, ya que soy bastante reacio a ello, y aunque se me inflamó la espalda y me surgió en ella un gran hematoma que me cubría todo el costado derecho yo no le di mayor importancia y seguí curándome a base de masajes de linimento y alcohol.

El hematoma me duró casi seis meses y después seguí haciendo la vida normal durante tres años, aproximadamente, aunque siempre tuve la mosca detrás de la oreja y seguía dándome masajes de alcohol y también, recordando el Milagro de Calanda, me solía poner agua bendita, puesto que siempre disponía de ella.

Me solía bendecir unos litros un sacerdote Carmelita que era mi Director Espiritual, el Rvdo. Padre Elías, de la Virgen del Carmen; me dio incluso permiso para beberla una vez bendecida ya que el agua era de Solán de Cabras.

En julio de 1977, habiendo realizado unos estudios náuticos, me salió un trabajo de seis meses para ir a navegar a Sudáfrica y Namibia en un pesquero congelador; era interesante como aventura y también importante para ir acumulando días de mar que me serian necesarios más adelante para conseguir el título de Patrón de Pesca de Altura.

Me marché esos seis meses que fueron de muy duro trabajo y poco dormir, ya que llevábamos muy escaso personal y todos trabajábamos en todas las secciones. Antes de embarcarme yo sabía que aquello sería duro, pero lo ofrecí también como una penitencia por mi vida de gran pecador y que no hacia mucho estaba ya en período de conversión.

Tras los seis meses me vine a España y pasaron tal vez otros tres años y siempre notando que por dentro de aquella zona de la espalda la cosa no funcionaba bien. Llegó un momento que a veces sentía como dolores sordos y yo seguía dándome los susodichos masajes, pero al levantarme de la cama por las mañanas tenía que hacer estiramientos y ejercicios y, poco a poco, iba notando como esa zona se iba durmiendo y se fue convirtiendo en corcho.

La orina era turbia y con un olor que no era normal y la zona afectada llegó a ponerse como si fuese madera, perdiendo el tacto al tocarme, como si fuese algo ajeno a mi cuerpo. Por supuesto, seguía aplicándome al agua bendita.

En septiembre de 1982 y junto con un amigo capuchino de Valencia llamado Fray Comado y una amiga valenciana muy devota de la Virgen llamada Conchita Gallego, decidimos ir a San Sebastián de Garabandal. Debíamos pasar por Madrid a recoger a otra amiga, la señora doña Maria Paloma Fernández-Pacheco y Garzón. Yo los llevaba allí y ellos se quedarían una o dos semanas, mientras que yo sólo lo haría un día completo y seguiría viaje a La Coruña para recoger a mi hijo menor de doce años que había pasado allí el verano y me lo llevaba para iniciar el nuevo curso en Valencia.

Hicimos un viaje maravilloso con rezos ininterrumpidos de Rosarios, Trisagios, los Ángelus respectivos, etc. Recogimos en Madrid a Maria Paloma y siguiendo viaje, ya de noche, recogimos en Torrelavega a Conchita Gallego que había querido venir hasta allí en tren, ya que consideraba para ella muy cansado todo el viaje en el automóvil.

Siguiendo con rezos llegamos a Garabandal a eso de las doce de la noche y desde Torrelavega tuvimos el resto del camino lluvia, truenos y rayos. Cuando llegamos a Garabandal nos dirigimos a casa de Juan José y Regina González y tras tomar unos vasos de leche caliente nos fuimos a descansar.

Yo hice mis oraciones de la noche y tras éstas hablé a la Santísima Virgen de rodillas y ante un cuadro del Inmaculado Corazón de María que había en la pared pegado con chinchetas, de estos que llevan los calendarios de Sol de Fátima, apagué la luz y repito, de rodillas y con los brazos en cruz le recé una Salve a la Santísima Virgen y le pedí que intercediese por mi para curarme.

Yo creía que debía cumplir todavía una misión y le dije que si esto era así que lo esperaba de Ella, pero si no podía ser así o yo por lo que fuera no debía ser curado, que me diese fuerza y Gracias para sobrellevar esa enfermedad, fuese la que fuese; también le pedí que no me abandonase y que llegada mi hora me hiciese morir bajo su amparo y el de su Divino Hijo. Me acosté muy tranquilo y me dormí plácidamente tras el duro viaje.

Serían las cuatro de la madrugada cuando sentí como una presencia que me despertó y noté como si un rayo láser recorriera mi bajo vientre y costado renal derecho, sintiendo una felicidad espiritual maravillosa e inmensa.

Cuando esto pasó yo no lo achaqué a la curación y sí a una bienvenida espiritual de tipo sobrenatural y llorando de felicidad recé y di gracias pidiendo que Dios diese pruebas a todos los hombre y mujeres de la Tierra para su conversión. Estuve rezando y de nuevo me quedé dormido.

Por la mañana, al salir de mi habitación, me encontré con mis tres compañeros de viaje y, sonriendo, les dije que aquella noche me habían dado la bienvenida.

Desayunamos, oímos misa y subimos a Los Pinos donde rezamos varios rosarios, o mejor dicho, partes del rosario; bajamos a comer, descansamos un rato, volvimos a subir a Los Pinos y bajamos para rezar el rosario en la Iglesia del pueblo. Luego rezamos y nos fuimos a nuestros aposentos.

Tal y como dije antes, mis amigos se quedaban en Garabandal y yo, por la mañana, tras desayunar, salí hacia La Coruña para recoger a mi hijo Agustín.

Cuando llevaba recorridos unos 20 o 30 kilómetros, me doy cuenta con asombro que no notaba ningún dolor. En el viaje desde Valencia a San Sebastián de Garabandal sentía el dolor sordo que me hacia frecuentemente colocar mi puño derecho en el costado y apretar fuerte dando algún masaje y así consiguiendo con ello algún alivio.

Al no notar ningún dolor, acerqué mi mano y cual no sería mi asombro al sentir la carne de mi cuerpo en estado normal en esa zona, cosa que durante todo ese largo tiempo no había sentido, dándome cuenta entonces de que la Santísima Virgen del Carmen de Garabandal me había conseguido la Gracia de mi curación.

Volví a llorar en el coche de emoción y también volví a dar gracias a Dios y a Ella, esta vez ya consciente de mi curación, de la que no me había dado cuenta el día anterior. Seguí mi viaje rezando y pensando sobre todo lo acontecido.
    Posteriormente, al encontrarme con mis compañeros de viaje, les conté lo sucedido y así lo sigo haciendo a todas las personas que conozco y a otras que creo de buena voluntad, en honor y agradecimiento a la Santísima Virgen del Carmen de Garabandal y a su Divino Hijo Jesucristo.

Fernando Imbernón Tudela.
09-22-1996